
Es la nuevo forma que ha cobrado la danza del tango como expresión auténtica y originaria de la Ciudad de Buenos Aires a principios del Siglo 21; ganando gran cantidad de adeptos, particularmente entre la juventud, e incorporando nuevos espacios de baile y encuentro entre quienes lo practican.
Su desarrollo se ha dado en forma incremental desde hace 10 años, a partir de una reconceptualización del lenguaje de los movimientos de esta danza popular y los nuevos desarrollos en la creación e interpretación musical por parte de agrupaciones orquestales renovadoras – muchas de ellas destacadas por la juventud de sus miembros.
Se caracteriza por rescatar gran parte de las estructuras básicas del tango originario (negadas por formas posteriores que las ciñeron a las reglas de los salones bailables) y la integración de rupturas que le adicionan formas renovadoras de realizarse, combinar y articular las secuencias de movimientos.
Estas rupturas se dan, fundamentalmente, en nuevos juegos de roles en la pareja, los cambios en la dinámica, el uso de la energía, la elasticidad del abrazo, los ejes de los bailarines, los cambios de dirección en el baile, la volumetría en el espacio y la interpretación de los temas musicales.
Todo ello confluye en la generación de una danza que, rescatando sus raíces y sentimiento, la expande, la desacartona y permite a quienes la bailan reinterpretar la música más tradicional y adecuarse a las nuevas tendencias del electrotango. Se gana, así, en calidad de improvisación en un interjuego más lúdico con nuevos códigos entre el hombre y la mujer.
Su desarrollo se ha dado en forma incremental desde hace 10 años, a partir de una reconceptualización del lenguaje de los movimientos de esta danza popular y los nuevos desarrollos en la creación e interpretación musical por parte de agrupaciones orquestales renovadoras – muchas de ellas destacadas por la juventud de sus miembros.
Se caracteriza por rescatar gran parte de las estructuras básicas del tango originario (negadas por formas posteriores que las ciñeron a las reglas de los salones bailables) y la integración de rupturas que le adicionan formas renovadoras de realizarse, combinar y articular las secuencias de movimientos.
Estas rupturas se dan, fundamentalmente, en nuevos juegos de roles en la pareja, los cambios en la dinámica, el uso de la energía, la elasticidad del abrazo, los ejes de los bailarines, los cambios de dirección en el baile, la volumetría en el espacio y la interpretación de los temas musicales.
Todo ello confluye en la generación de una danza que, rescatando sus raíces y sentimiento, la expande, la desacartona y permite a quienes la bailan reinterpretar la música más tradicional y adecuarse a las nuevas tendencias del electrotango. Se gana, así, en calidad de improvisación en un interjuego más lúdico con nuevos códigos entre el hombre y la mujer.